La leyenda cuenta que se educó visualmente tras el mostrador de un videoclub, aunque su penúltima película, Death Proof, demostró un amor sin medida por el celuloide roto, manchado, manipulado, de las salas de cine de barrio. Lejos de la pureza de la alta definición, Tarantino entregó con esta película un homenaje a ese soporte en vías de desaparición. Una película dirigida por él pero que podría ser, también, un collage de imágenes encontradas en las papeleras de los callejones oscuros de los cines de serie B. Viva el celuloide, vivan los errores y defectos en la proyección.